El Papa está viejo
Sacerdote Mateo Mateo
mmateo@coqui.net

La Iglesia Católica es consciente de su misión en el mundo: la de ser el Cristo prolongado en la Historia. Esta verdad no invita ni a la jactancia, ni al menosprecio a nadie. Solo al reconocimiento de ese don gratuito de Cristo al fundar su Iglesia, para ofrecerlo generosamente a todos. Juan Pablo II es la mejor expresión de ese Cristo vivo y vivido. Es un evangelio vivo, que todos pueden leer.

Cristo ha llegado a Toronto. Un Jesús lleno de años, de dolencias. Su carne muestra los estigmas del martirio, las llagas más auténticas del Cristo crucificado. Su amor es más fuerte que la muerte.

Su fragilidad, su cruz: la suya propia como hombre y, como Papa, la de todos los hombres, cruz invisible, que nadie puede cargar por él. Dolores inaguantables. Tiene un secreto que le permite arriesgarlo todo: el amor a Cristo y su pasión por los jóvenes. Y esto los jóvenes ya no necesitan creerlo, porque lo ven, lo sienten, lo huelen, lo tocan.

Eso es precisamente lo que busca la juventud, un hombre en quien confiar, porque conoce y vive la verdad y los ama entrañablemente. Cuando Cristo llegaba al final de su vida terrestre, "habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo".

¡Qué bien se le puede aplicar a Juan Pablo II! Habiendo amado a los jóvenes durante toda su vida, al final los amó hasta el extremo. Y cuantos más quebrantos y más torturado su cuerpo, con mayor luz ven a Jesús en ese hombre singular.

Estoy escribiendo con los ojos arrasados en lágrimas y el corazón brincándome contemplando a Cristo, anciano, rodeado de jóvenes deseosos de comer a besos esas manos que nadie como ellos, saben a qué sabe el amor verdadero que ha repartido con ellas.

¿A qué han ido esos cientos de miles de jóvenes a Toronto? Los jóvenes se mueven o por los ídolos de la belleza, del deporte o del sexo, por las riquezas, el triunfo, etcétera, o por Dios, por Jesucristo.

Frente a los ídolos se transforman en masa, en grito estremecedor, en género histérico, enloquecido, sexo ácido, degradante.

El milagro se da cuando los jóvenes se mueven y hacen sacrificios enormes para ver y estar con Jesucristo siete días, vivo en ese venerable anciano, una ruina viva, casi un moribundo. Oran, guardan silencio, meditan, escuchan con recogimiento contenido al Papa. No hay diversiones, sólo vigilias, vía crucis, cantos, lágrimas, emociones profundas; caras de otro mundo, espectáculos de extraña originalidad, Misas con sabor a cielo, a Cena Pascual. ¡Qué alegría, qué lágrimas de satisfacción, de plenitud. ¿Qué sicología explica esto? Ninguna. Eso es el milagro. ¡Qué razón tenía San Pablo! "La fuerza se muestra en la debilidad". Y ese anciano, lo opuesto a
un ídolo, fascina; sus palabras son descargas eléctricas que encienden, que transforman. El, con los jóvenes, es el primer milagro. Se rejuvenece No se acuerda de sus intensos dolores, de su impotencia y sonríe como se sonríe en el cielo. Este encuentro los transformarán en ser de verdad: luz del mundo y sal de la tierra.

Para terminar. El Santo Cura de Ars conmocionó en Francia. Un agnóstico dijo a sus amigos de tertulia y de ideología, quiero ver a ese sacerdote. A la vuelta los compañeros le preguntaron con sonrisa de incrédulos: Cuéntanos. ¿Qué has visto en Ars? -Aquel antiguo incrédulo les dijo muy seriamente: Amigos, he visto a Dios en un hombre.


 


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