Buenos Aires, 1 de Junio de 2002
Card.
Jorge Mario Bergoglio, s.j.
Arzobispo de Buenos Aires
Homilía
del Cad. Bergoglio
en Corpus Christi
En la fiesta del Corpus hacemos memoria de todo el tiempo pascual, que se concentra en la fiesta de la Carne y la Sangre del Señor. La carne del Señor es nuestra carne resucitada y llevada a lo más alto del cielo. Un gran creyente decía "el Cielo es la sagrada intimidad del Dios santo". Pues bien, en la fiesta del Corpus festejamos el lugar físico donde esa intimidad sagrada del Dios santo se nos abre y se nos brinda cada día: la Eucaristía.
En estos tiempos tan difíciles de nuestra Patria en los que la bajeza moral parece achatarlo todo, nos hace bien alzar los ojos a la Eucaristía y acordarnos de cuál es la esperanza a la que hemos sido llamados. Estamos invitados a vivir en comunión con Jesús: "El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él". El Señor nos lo mandó cuando dijo, en la última cena: "hagan esto en memoria mía".
Con las palabras de Moisés que escuchamos en la primera lectura, hacemos memoria: miramos atrás recordando todo lo que el Señor hizo con nosotros. En esta plaza que debiera ser tierra prometida como espacio simbólico de la Nación, y que a veces se convierte en campo de batalla y en lugar desierto, las palabras de Moisés al pueblo resuenan en nuestros oídos con dramático realismo. "Acuérdate de todo el camino que el Señor tu Dios te ha hecho andar durante estos cuarenta años en el desierto para humillarte y probarte y conocer lo que había en tu corazón".
Moisés interpreta la historia de su pueblo, esos cuarenta años de aparente fracaso, desde la mirada salvífica del Señor. No hay décadas perdidas a los ojos de Dios.
Allí en el desierto, en el preciso momento en que el pueblo no puede encontrar nada, salvo sus límites, el Señor les regala un alimento especial: el maná, figura y adelanto de la Eucaristía. Ese pancito del cielo tiene sus características particulares: sólo dura por el día; hay que compartirlo con los demás, por que si sobra ya no sirve; cada uno junta solamente lo que necesita para su familia. El maná le enseña al Pueblo a vivir "del pan nuestro de cada día".
En
el Evangelio, Jesús nos revela que Él es el maná, Él
es el "pan bajado del cielo". Él es el Pan que da Vida, una
vida para siempre: "Mi carne es verdadera comida". Muchos discípulos
lo abandonaron aquel día, porque estas palabras les sonaron muy duras.
Querían algo más concreto, una explicación mejor de cómo
se puede vivir con lo que Jesús nos dice, con lo que Jesús nos
da. En cambio Pedro y los apóstoles se jugaron por el Señor:
"A quién iremos. Sólo tú tienes palabras de vida
eterna". También nosotros, como Pueblo, estamos en una situación
parecida: una situación de desierto, una situación que nos exige
decisiones en las que nos va la vida. Frente al Pan vivo, como Pueblo fiel
de Dios, dejemos que el Señor nos diga: Pueblo mío, acuérdate
con qué pan te alimenta nuestro Padre del Cielo y cómo son los
panes falsos con que te ilusionaste y te llevaron a esta situación.
Acuérdate que el Pan del Cielo es un pan vivo, que te habla de siembra y de cosecha, porque es pan de una vida que tiene que morir para alimentar. Acuérdate que el Pan del Cielo es un pan para cada día porque tu futuro está en las manos del Padre Bueno y no solamente en la de los hombres. Acuérdate que el Pan del Cielo es un pan solidario que no sirve para ser acaparado sino para ser compartido y celebrado en familia. Acuérdate que el Pan del Cielo es pan de vida eterna y no pan perecedero. Acuérdate que el Pan del Cielo se parte para que abras los ojos de la fe y no seas incrédulo.
Acuérdate
que el Pan del Cielo te hace compañero de Jesús y te sienta
a la mesa del Padre de la que no está excluido ninguno de tus hermanos.
Acuérdate que el Pan del Cielo te hace vivir en intimidad con tu Dios
y fraternalmente
con tus hermanos. Acuérdate que el Pan del Cielo, para que lo pudieras
comer, se partió en la Cruz y se repartió generosamente para
salvación de todos. Acuérdate que el Pan del Cielo se multiplica
cuando te ocupas de
repartirlo. Acuérdate que el Pan del Cielo, te lo bendice, te lo parte
con sus manos llagadas por amor y te lo sirve el mismo Señor resucitado.
Acuérdate! Acuérdate! No lo olvides nunca!
Esta
memoria en torno al pan nos abre al Espíritu, nos fortalece, nos da
esperanza. Que esta esperanza inquebrantable de sentarnos un día a
la mesa del banquete celestial nos libre de querer sentarnos al banquete de
los suficientes y orgullosos, esos que no dejan ni las migas para alimento
de los más pobres. Que el vivir en la intimidad sagrada del Dios santo
nos libre de las internas políticas fratricidas que desgajan nuestra
Patria. Que saciados con el humilde pan de cada día nos curemos de
la ambición financiera. Que el trabajo cotidiano por el pan que da
vida eterna nos
despierte del ensueño vanidoso de la riqueza y la fama. Que el gusto
del pan compartido nos sacuda del tono murmurador y quejoso de los medios.
Que la Eucaristía celebrada con amor nos defienda de toda mundanidad
espiritual.
Le pedimos a la Virgen estas gracias de memoria. Nuestra Señora es el modelo del alma cristiana y eclesial que "conserva todas estas cosas meditándolas en su corazón". A ella le rogamos que nos recuerde siempre dónde está el pan que nos da vida y el vino que alegra nuestro corazón. Que no deje de decirnos con su voz materna: "hagan todo lo que Jesús les diga". Que grabe en nuestro corazón las palabras de su Hijo: "hagan esto en memoria mía".
Agradecemos a
AICA, Agencia
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