Sumario:
· POR QUÉ NO A LA EUTANASIA
· Obsesión mortal. NUEVAS REVELACIONES EVIDENCIAN LA LOCURA QUE SE ESCONDE TRAS LA EUTANASIA
· "ENFERMO TERMINAL Y SUSPENSIÓN DEL TRATAMIENTO": EUFEMISMOS QUE ENCUBREN LA OMISIÓN DE ASISTENCIA
POR QUÉ NO A LA EUTANASIA
Gracias a www.aciprensa.com
No le ponemos un nombre más "dulce", porque no lo tiene;
que algunos se inventen sus propias historias y justificaciones al respecto
-bien alejadas de la realidad, por cierto-, es otro cantar.
De acuerdo con el Santo Padre, "la eutanasia, aunque no esté motivada por el rechazo egoísta de hacerse cargo de la existencia del que sufre, debe considerarse como una falsa piedad, más aún, como una preocupante «perversión» de la misma.
En efecto, la verdadera «compasión» hace solidarios con el dolor de los demás, y no elimina a la persona cuyo sufrimiento no se puede soportar. El gesto de la eutanasia aparece aún más perverso si es realizado por quienes --como los familiares-- deberían asistir con paciencia y amor a su allegado, o por cuantos --como los médicos--, por su profesión específica, deberían cuidar al enfermo incluso en las condiciones terminales más penosas.
La opción de la eutanasia es más grave cuando se configura como un homicidio que otros practican en una persona que no la pidió de ningún modo y que nunca dio su consentimiento. Se llega además al colmo del arbitrio y de la injusticia cuando algunos, médicos o legisladores, se arrogan el poder de decidir sobre quién debe vivir o morir.
De este modo, la vida del más débil queda en manos del más fuerte; se pierde el sentido de la justicia en la sociedad y se mina en su misma raíz la confianza recíproca, fundamento de toda relación auténtica entre las personas. El deseo que brota del corazón del hombre ante el supremo encuentro con el sufrimiento y la muerte, especialmente cuando siente la tentación de caer en la desesperación y casi de abatirse en ella, es sobre todo aspiración de compañía, de solidaridad y de apoyo en la prueba. Es petición de ayuda para seguir esperando, cuando todas las esperanzas humanas se desvanecen". (1)
Parece mentira que un médico y legislador perteneciente a la izquierda -presunta defensora de los derechos humanos- pueda presentar semejante proyecto, claramente contrario al principal derecho de todo hombre: el derecho a la vida. Sin embargo, es comprensible. Porque quien no tiene fe, quien ve la vida desde un punto de vista meramente utilitarista y al hombre como un ser puramente material, obviamente se desespera ante el dolor y la muerte.
A todos nos consta que soportar estos trances, se torna con frecuencia más difícil para los que acompañan y rodean al enfermo, que para el enfermo mismo; entonces, seamos sinceros: ¿a quién se pretende ayudar legalizando la eutanasia?; ¿al enfermo, o a los que deciden su muerte? ¿Alguien se ha propuesto estudiar acaso, que consecuencias trae en una persona tomar conciencia de su responsabilidad en la muerte de un ser querido? ¿A los defensores de la eutanasia les importa?
Es interesante considerar lo que plantea la Conferencia Episcopal Española en un documento difundido el 19 de febrero de 1998, con motivo de una campaña realizada en aquel país para despenalizar la eutanasia:
"Hoy la eutanasia resulta de nuevo aceptable para algunos a causa del extendido individualismo y de la consiguiente mala comprensión de la libertad como una mera capacidad de decidir cualquier cosa con tal de que el individuo la juzgue necesaria o conveniente. "Mi vida es mía: nadie puede decirme lo que tengo que hacer con ella." "Tengo derecho a vivir, pero no se me puede obligar a vivir."
Afirmaciones como éstas son las que se repiten para justificar lo que se llama "el derecho a la muerte digna", eufemismo para decir, en realidad, el "derecho a matarse". Pero este modo de hablar denota un egocentrismo que resulta literalmente mortal y que pone en peligro la convivencia justa entre los hombres. Los individuos se erigen, de este modo, en falsos "dioses" dispuestos a decidir sobre su vida y sobre la de los demás.
Al mismo tiempo, la existencia humana tiende a ser concebida como una mera ocasión para "disfrutar". No son pocos los falsos profetas de la vida "indolora" que nos exhortan a no aguantar nada en absoluto y a que nos rebelemos contra el menor contratiempo. Según ellos, el sufrimiento, el aguante y el sacrificio, son cosas del pasado, antiguallas que la vida moderna habría superado ya totalmente. Una vida "de calidad" sería hoy una vida sin sufrimiento alguno.
Quien piense que queda todavía algún lugar para el dolor y el sacrificio, es tachado de "antiguo" y de cultivador de una moral para esclavos. No es extraño que desde actitudes hedonistas de este tipo, unidas al individualismo, se oigan supuestas justificaciones de la eutanasia como éstas: "yo decido cuándo mi vida no merece ya la pena" o "a nadie se le puede obligar a vivir una vida sin calidad". (2)
¿Merece vivir una persona anciana, que no puede valerse ya por si misma, después de haber dejado la vida en beneficio de la sociedad, y en muchas ocasiones, de aquellos que van a decidir sobre su muerte? ¿Vale la pena prestar asistencia a los minusválidos, en vista de que su productividad es menor, mínima o nula? ¿Qué hacemos si en el sanatorio faltan camas? ¿Lo ampliamos a un costo siempre alto, o le "damos salida" a los enfermos irrecuperables, sin necesidad de invertir un peso?
Si el proyecto de ley fuera efectivamente presentado y tuviera receptividad entre gente de los demás partidos políticos, los minusválidos y los ancianos -los más débiles de la sociedad- quedarían con el tiempo a merced de médicos que se arrogan el derecho de decidir quien debe vivir y quien debe morir. Con todos los medios a su disposición para poner "a dormir" a quienes les plazca...
Veamos algunos datos de lo sucedido en otros países.
"En 1995, por ejemplo murieron en Holanda 19.600 personas de muerte causada ("sanitariamente") por acción u omisión. De estas personas sólo 5.700 sabían lo que estaba sucediendo. En el resto de los casos, los interesados no sabían que otros tomaban por ellos la decisión de que ya no tenían que seguir viviendo". (3)
Si estos datos son aterradores, no menos son dramáticos algunos casos particulares, como el de un médico cordobés que dio una dosis letal de cloroformo a su hijo enfermo de difteria, precisamente el día anterior al anuncio de Roux de su descubrimiento del suero antidiftérico (4). O el caso de María Belén, una bebé rosarina que en 1995 estuvo 40 días internada con un cuadro de encefalitis agudo.
Los médicos dijeron que no había nada que hacer, un neurólogo de Buenos Aires aconsejó "tirarla a la basura", un profesional amigo se ofreció a ponerle una inyección para "ayudarla a morir". Pero los padres se opusieron y hoy María Belén tiene 5 años, desde hace 12 meses no sufre convulsiones, recuperó la vista y gran parte de la audición y come y juega con su hermanito (5).
También está el caso de Karen Ann Quinlan, una norteamericana de 21 años que entró en coma por una sobredosis de alcohol y drogas. Sus padres adoptivos, luego de una larga batalla legal, solicitaron a los médicos la interrupción de los tratamientos extraordinarios, para permitir a la joven morir naturalmente. Sin embargo, luego de la desconexión, la paciente continuó con vida por diez años.
Otro caso famoso, bastante parecido al anterior, es el de Nancy Beth Cruzan, una joven de 25 años que permaneció en estado vegetativo persistente durante 8 años hasta que la Corte Suprema autorizó la interrupción de la administración de alimentos, falleciendo en 1990.
Esta última decisión es claramente objetable; porque proveer nutrientes a un ser humano, es satisfacer sus necesidades básicas, y privar a una persona de ella es homicidio por inanición (6).
Afirma Antonio Orozco que "una sociedad que legitima la eutanasia suicida no está propiciando muertes dignas, sino la multiplicación incalculable de patéticas cobardías ante la muerte, la justificación de un temor perpetuo -inevitable en semejante sociedad- a ser conducido al sanatorio por razones exclusivamente utilitarias. Una sociedad que legitima la eutanasia suicida, es una sociedad que está proclamando su ineptitud para ofrecer auténtica solidaridad, afecto, cariño a sus enfermos terminales" (7). Al parecer, nuestra sociedad tiene estas caracterísiticas. Según una encuesta realizada por Equipos Consultores el 49% de los uruguayos parece ser partidario de la eutanasia (8).
Y las sociedades, tienen los médicos que se merecen. Aquí tenemos al diputado - doctor Gallo y en Estados Unidos tienen al tristemente célebre Dr. Kevorkian. Este personaje -el "Dr. Muerte" para la prensa-, se parece más al viejo verdugo de hacha y capucha, que al gran Hipócrates, pues se ganaba la vida vendiendo una máquina que ayudaba a las personas a morir sin dolor, eligiendo para ello los Estados que no tenían penalizada la ayuda al suicidio.
Fue juzgado y absuelto en uno de ellos, de manera escandalosa, porque el jurado entendió que no había en el médico "dolo" de homicidio (intención de matar).
Más recientemente Kevorkian, llegó al colmo de lograr que la CBS transmitiera en directo un suicidio asistido... Si bien a nivel local hay algunos seguidores de Kevorkian, también hay legisladores que tienen el poder -y el deber- de decidir si van a dejar actuar impunemente a los mercaderes de la muerte, o si, en nombre de los más débiles, van a promover con todos los medios a su alcance, la investigación y el desarrollo de los "cuidados paliativos", expresión genuina de la cultura de la vida, que nos hemos propuesto defender.
Estos cuidados, permiten "facilitar una muerte verdaderamente digna, es decir, una muerte lo más lúcida posible con el menor dolor posible, sin violentar la naturaleza de las cosas. Es falso que la Iglesia católica defienda el encarnizamiento médico. Lo que defiende es precisamente el derecho a morir con dignidad. Y bendice a cuantos de una manera u otra procuran paliar el dolor, especialmente el de los enfermos terminales. Es más, los cuidados paliativos -dice- constituyen una forma privilegiada de la caridad desinteresada. Por esta razón deben ser alentados (CEC n. 2.279)". (9)
No es mediante el asesinato o el suicidio asistido que se ayuda a las personas a morir dignamente: la muerte verdaderamente digna, la proporcionan sin duda, quienes se acercan al anciano o al enfermo terminal dispuestos a padecer con él, quienes solidariamente se entregan a su cuidado y atención, quienes alivian sus dolores físicos y morales. Esperamos que nuestros legisladores -creyentes o no-, actúen con sensatez; y deseamos que, sin resignarse ante lo difícil que resulta para el hombre de hoy enfrentar el dolor y la muerte, se manifiesten a favor de la vida: DE TODA VIDA HUMANA, VALIOSA Y DIGNA EN CUANTO TAL.
Hace casi dos décadas los orientales nos reunimos frente al Obelisco "Por un Uruguay sin exclusiones".
¿Sigue en pie el compromiso?
AVE FAMILIA
NOTAS:
(1) Evangelium Vitae «Yo doy la muerte y doy la vida» (Dt 32, 39) el drama de la eutanasia.
(2) Conferencia Episcopal Española, Sobre la Eutanasia, , II, b), 7. y 8. http://www.arvo.net
(3) Conferencia Episcopal Española, Op.cit. III, c) 15. Cf. W.J. Eijk / J.P.M. Lelkens, Medical-Ethical Decisions and Life-Terminating Actions in The Neederlands 1990-1995. Evaluation of the Second Survey of the Pratice of Euthanasia, Medicina e Morale 47 (1997) 475-501, 491.
(4) M.G. Morelli, La Eutanasia, Cfr. TALE, Camilo, La eutanasia, comunicación al Congreso Nacional de Jóvenes, Córdoba, 1994). http://www.vidahumana.org
(5) M.G. Morelli, Op. cit., Diario La Capital de Rosario, 26/7/95) http://www.vidahumana.org
(6) M.G. Morelli, Op.cit.; Sobre el tema, v. Sgreccia, Elio, Manual de Bioética, ed. Diana, México, 1996, tomo 1, p. 610. http://www.vidahumana.org
(7) Antonio Orozco, "La escalera de los siete escalones" (Equivalencia de la eutanasia activa al suicidio asistido). http://www.arvo.net
(8) El Observador (12/04/2001)
(9) A. Orozco, Op. cit.
Obsesión
mortal
NUEVAS
REVELACIONES EVIDENCIAN
LA LOCURA QUE SE ESCONDE TRAS LA EUTANASIA
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"Deben acusarme. Si no lo hacen, se entenderá que no creen que se trate de un crimen. No necesitan más pruebas, ¿o sí?". Con estas palabras, Jack Kevorkian o el "Doctor Muerte", desafió a las autoridades del estado norteamericano de Michigan y firmó, sin saberlo ni esperarlo, su sentencia a 25 años de cárcel en el programa televisivo que transmitió un video con su último "suicidio asistido".
A seis meses de su condena por asesinato en segundo grado, ya no son sólo sus teorías sobre el "derecho a morir" las que causan controversia, sino los oscuros rasgos de su personalidad y su enfermiza pasión por la muerte, las que han llevado a cuestionar la imagen que incluso se difunde en América Latina- de que, de alguna forma, Kevorkian podría ser un incomprendido y adelantado idealista.
Gira latinoamericana. En las últimas semanas, los planteamientos de Kevorkian a favor del suicidio asistido llegaron a varios periódicos latinoamericanos a través de uno de sus "embajadores ideológicos" de gira en la región. En efecto, el escritor y periodista inglés Derek Humphry llegó a Colombia para promover la eutanasia y apoyar la labor de la Fundación Pro Derecho a Morir Dignamente, la misma organización que realizó una intensa campaña en 1997 para lograr que la Corte Constitucional convirtiera a Colombia en el único país de América Latina que despenaliza la aplicación de la muerte "a pedido" por parte de un médico.
Estrategia. Con una actitud menos desafiante que la del "Doctor Muerte" en Estados Unidos, haciendo uso de un tono no confrontacional, un marcado relativismo jurídico y una voz suave, Humphry lanzó su campaña para presentar a Kevorkian como un "genio" incomprendido. El inglés concedió entrevistas a todos los medios interesados y ofreció una conferencia en la que alegó respetar a los que opinan "distinto de mí" y tener claro "que en este país hay un gran arraigo de los principios y de los líderes católicos, los cuales, por supuesto, se oponen a la eutanasia". Sin embargo, el inglés señaló que era posible "respetar y reconocer también" el "aporte" de Kevorkian "a un derecho tan importante como el derecho a morir dignamente".
¿Pensador o psicópata? Pero la verdadera historia de Kevorkian, poco conocida para la mayoría del público, incluso en Estados Unidos, revela un sujeto radicalmente diferente al del "profeta adelantado" que ha venido difundiendo la macabra propaganada de Humphry. En efecto, desde su años de estudiante, Kevorkian era visto por sus compañeros como un sujeto por lo menos "inquietante", incluso respecto de la plenitud de sus facultades mentales. No por casualidad consiguió el apelativo de "Doctor Muerte" apenas graduado, y no en los últimos años, como la mayoría piensa.
Extrañas aficiones. Fanático relator de las masacres de sus antepasados armenios a manos de los turcos en la Primera Guerra Mundial y defensor del holocausto nazi porque "jamás podrán volver a hacerse los experimentos con humanos" de los campos de la muerte, Kevorkian se convirtió en el centro de atención de compañeros y jefes más por sus extrañas aficiones que por sus innovaciones médicas, desde que era residente de patología en un hospital de Detroit durante la década del cincuenta. Natural de Pontiac, Michigan, el novato Kevorkian hacía rondas especiales en busca de pacientes moribundos para mantenerles los párpados abiertos con cinta adhesiva y fotografiar sus córneas con el fin de observar si los vasos sanguíneos cambiaban de aspecto en el momento de la muerte, todo ello obviamente sin importarle la dignidad del moribundo.
Sin límites. Convencido de que ningún experimento era demasiado descabellado, a principios de los sesenta ya ensayaba transfusiones de sangre de cadáveres a personas vivas, buscaba permisos para experimentar con reos condenados a muerte por considerar "un privilegio único hacer pruebas con un ser humano que va a morir" y trataba de ampliar tales experimentaciones a cualquier persona que estuviera "frente a una muerte inminente e inevitable". Su obsesión por la muerte también comenzó a ser evidente en su pasatiempo: la pintura. Imágenes de asesinatos y personas decapitadas eran su tema constante e incluso llegó a usar su propia sangre como tinta para manchar el marco de su cuadro titulado "Genocidio".
Problemas. Su trastornada personalidad le causó despidos sucesivos que terminaron cuando logró abrir su propia clínica de diagnósticos, la misma que debió cerrar al poco tiempo porque los médicos se negaban a remitirle pacientes. Ante las constantes negativas para mezclar sus experimentos con la patología, decidió inventar su propia especialidad: la "obitiatría", es decir la manipulación de la muerte. A partir de 1982, cuando se jubiló, Kevorkian decidió dedicarse a su carrera de "obitiatra" proponiendo planes uno de los cuales fue recogido en una publicación alemana- para experimentar con seres humanos desahuciados, incluyendo la posibilidad de remover un órgano vital o administrar algún fármaco letal a los "pacientes" que sobrevivieran a las pruebas.
¿Asistente o asesino? En 1987, cuando no era más que un fracasado médico jubilado, Kevorkian inició formalmente su macabro oficio de asistente de suicidios con un aviso publicitario en el que se presentaba como "médico asesor de enfermos desahuciados que deseen morir con dignidad" y saltó a la fama gracias a que los medios masivos cubrieron ampliamente la invención del Mercitron, un aparato creado en su propia cocina que se convirtió en la primera máquina del mundo para suicidarse. Desde ese momento Janet Adkins, Marjorie Wantz, Karen Shofftall, Margaret Garrish, Thomas Youk y otras decenas de personas, pasaron a ser nombres conocidos en la creciente lista de "pacientes" que buscaban terminar los padecimientos de sus males en plena crisis emocional, víctimas de la obsesión mortal de Kevorkian, que se preocupó más por verlos morir que por verificar si estaban realmente enfermos. Y es que, algunos años después, el resultado de
Verdugo. El doctor L.J. Dragovic, médico forense del condado de Oakland, fue quien condujo la investigación sobre las autopsias. Desde que terminó su trabajo se niega a considerar como "suicidio facilitado por un médico", alguno de los casos en los que intervino Kevorkian inyectando drogas letales o proporcionando monóxido de carbono. Lo que ha visto le basta y en su opinión, Kevorkian "no es más que un verdugo múltiple".
Prisa por matar. La tesis de Dragovic se refuerza en las primeras conclusiones del psicólogo Kalman Kaplan, director del Centro de Investigación sobre el Suicidio de Chicago, que actualmente desarrolla un estudio sobre los suicidios asistidos de Kevorkian. Con 47 casos ya revisados, afirma que "hay muy pocas pruebas de que Kevorkian haya consultado con el médico o el psiquiatra de las víctimas", lo que explicaría la rapidez con la que Kevorkian asistía a sus "pacientes" pues concertaba los suicidios en uno o dos días después de la primera cita- y evidenciaría una vez más la tanática obsesión del Doctor Muerte.
¿El fin? En tres ocasiones Kevorkian salió airoso de los liberales tribunales estadounidenses presentándose como un visionario humanista que sólo cumplía los deseos de personas sufrientes. Sin embargo, sus argumentos no convencieron al jurado de Oakland, Michigan, que lo condenó a una pena de entre 10 y 25 años por el asesinato en segundo grado de Thomas Youk, un enfermo del mal de Lou Gherig, que fue transmitido en el programa 60 Minutes de la CBS. Aunque intentó presentar el video como la justificación absoluta de sus postulados, perdió la apuesta que planteó a la justicia y sólo podrá obtener libertad condicional en el año 2007.
Encerrado. Ahora con 71 años de edad, Kevorkian pasa los días en una prisión de mediana seguridad en Kincheloe, Michigan, ha empezado a pagar 28 mil dólares de su cuenta personal como reparación civil y destina 364 dólares de su pensión mensual al condado para cubrir los gastos de su encarcelamiento. Mientras su abogado Mayer Morganroth insiste en apelar la sentencia y el juez de Oakland rechaza la posibilidad de un segundo juicio, se reduce el número de los que insisten en verlo como mártir del "derecho a morir" y son más los convencidos de que Kevorkian es un mero asesino en la línea de Mengele que finalmente recibió su sanción.
"ENFERMO
TERMINAL Y SUSPENSIÓN DEL TRATAMIENTO":
EUFEMISMOS QUE ENCUBREN LA OMISIÓN DE ASISTENCIA
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En forma reiterada me he referido a la necesidad de abandonar expresiones tales como "enfermo terminal", y/o "suspensión del tratamiento", pues dichas palabras, resultan incompatibles, con el concepto de asistencia médica, y con la ética biomédica.
Los pacientes, que son refractarios a medidas radicales de tratamiento, fuera de la terapia intensiva, no son pacientes "terminales", sino pacientes de "medicina paliativa". Dentro del CTI, son pacientes que se encuentran en la fase de mínimo soporte vital, o "de aire y agua".
Ni
en uno, ni en otro caso, son pacientes en los que se haya de "suspender
el tratamiento", ni
en los que el médico, haya llegado a "terminar" su asistencia,
y la relación médico paciente.
A pesar de la insistencia en estos conceptos, en un reciente debate público, televisivo, con legisladores que impulsan un proyecto de eutanasia, se insistió (por parte de uno de los diputados), en hablar de "paciente terminal", pero negando empecinadamente, una definición teórica de ese concepto, con excusa de una posición pragmática.
Al mismo tiempo se negaba a aceptar, cuántos ejemplos prácticos y concretos se propusieron..., aduciendo que no cumplían con los requisitos adecuados ..., pero sin explicar el por qué. No se aceptó una definición teórica. No se aceptaron ejemplos prácticos: ¿ .... qué es entonces, un "paciente terminal"? Si bajo ese rótulo, hemos de comprender a quienes se les habrá de "suspender el tratamiento", parecería conveniente aclarar el concepto, a riesgo de actuar arbitrariamente, o con un criterio puramente personal , sin sustento de ética biomédica, y sin garantías para los usuarios.
Como es sabido, una cama de CTI, vale U$ 1000 diarios. Pero los vale literalmente, cuando los paga alguien; por ejemplo, cuando el Ministerio de Salud Pública, (con su carencia crónica de camas), paga a un CTI privado, esto vale U$ 1000 diarios. Pero ..., esa misma cama, en cambio, cuando la ocupa un viejo afiliado de la Mutualista, aunque valga lo mismo, sólo se paga $U 650 mensuales, que es el valor de su cuota de afiliado mutual.
Es mucha la diferencia, entre 650 pesos mensuales, y mil dólares diarios, y es perentoria la necesidad, de documentar el motivo por el cuál, en un caso se suspende el tratamiento, y en otro, no se suspende. Hay que explicar, por qué a un enfermo se le considera "terminal", y al otro no.
Si no contamos con un criterio claramente definido, para esta "suspensión de tratamiento", podemos poner en peligro, el manido slogan de "morir con dignidad". No habría por ejemplo, dignidad alguna, en una muerte decidida con un criterio no ya económico, sino economicista, por antihumano.
Sólo la muerte de los animales, puede ser decidida con criterio económico; por ello, no existe el "animalicidio", ni la eutanasia animal, sino simplemente, "el rifle sanitario". En el caso humano, existe el homicidio, y no hay "muerte digna", sin una "vida digna", respetada, y asistida, como bien "no transable", ni manipulable, hasta su fin natural. Proceder de otra manera, haría imposible, la convivencia social.
Si persistimos hablando de "enfermo terminal", y de "suspensión de tratamiento", la terminología del llamado "testamento vital", se encontrará huérfana de contenido conceptual, pues: ¿qué significarán mis previsiones asistenciales, si mis derechos de asistencia, terminarán arbitrariamente, con independencia de lo que yo haya testado?; ¿para qué testar cómo han de terminar mis días, si la decisión la tomará un médico, al ponerme un rótulo de "terminal", más allá de lo que yo haya testado?; ¿qué significado tendrá mi "testamento vital", si mis días terminarán, ante la decisión de un médico, de la que nadie sabe, ni en qué consiste, ni en qué se fundamenta?
El Derecho, y la Ley, cumplen con una función docente: enseñan que está bien lo que promueven; y que está mal, lo que prohiben y penalizan. Cabe plantearse por ello: ¿ qué es, lo que nos enseñaron nuestros antepasados, al crear una Ley que penaba la "omisión de asistencia"?
Ahora que el Presidente Batlle, con razón, y con sabiduría, busca los "valores" en que el ciudadano uruguayo, ha de fundamentar, y fortalecer, su vida civil, cabe preguntarse también: ¿qué nos enseña la ley, que pena la omisión de asistencia?; ¿no considera esta Ley, la vida humana como un valor de referencia, para la solidaridad, y axiomático, para la vida social?; ¿acaso alguna vez se planteó que esta Ley, pudiese estar condicionada, por el estado de debilidad, o de necesidad, de quien requiere asistencia?; ¿acaso alguna vez, se enseñó, que la mejor manera de asistir a quien lo necesita, sea matarlo, o dejarlo morir, sin asistencia, o retirándole medidas de apoyo? Si nunca se interpretó de esta manera, ¿porqué hacerlo ahora?
Los "argumentos de autoridad", no nos sirven, aunque los pronuncien legisladores, y universitarios.
Esperamos un discurso intelectual, abierto al razonamiento, y a la discrepancia. Fundamentalmente, cuando en ello está en juego la vida humana, y la dignidad de la persona. La dignidad de la persona, no muere con la muerte; ni merece una "muerte digna", sino un "vivir con dignidad, la muerte".
¡No nos cambien, estos términos!
Dr. Eduardo Casanova
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