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Por
Juan Antonio Martínez Camino.
Julio de 2002. |
Hace ya tiempo, el padre jesuíta Juan Antonio Martínez Camino se adelantó lúcidamente en nuestras páginas, con este previsor análisis sobre la dimensión moral y social de la eutanasia La Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal aprobó una declaración titulada La eutanasia es inmoral y antisocial.
Después de tanto oír que el progreso nos llevará, tarde o temprano, a dar a la eutanasia carta de ciudadanía en nuestras leyes y en nuestra sociedad puede que alguien se pregunte si no será demasiado categórico un título como éste. Para salir de la duda lo mejor es leer la declaración, que es concisa y clara y se encuentra ya en todas las librerías, al menos en las religiosas. Entre tanto, les comento algo de lo que allí encontrarán.
La eutanasia es inmoral porque contradice el significado propio de la vida humana. Esto es así aunque las encuestas digan que un porcentaje notable de gente se muestra favorable a ella. ¿A qué eutanasia se muestran, en realidad, favorables esas gentes?; ¿se muestran favorables a que los enfermos mueran en paz, sin ser agobiados ni martirizados por una medicina que, en ocasiones, se cree tan infalible como para impedir o retrasar indefinidamente la llegada de la muerte?; ¿quieren que no se les obligue a ellos o a sus familiares a morir entre cristales y tuberías, que se renuncie a terapias desproporcionadas y a ensañamientos terapéuticos?; ¿desean que, llegado el caso, se les administren los calmantes necesarios y que se les apliquen todos los cuidados paliativos del dolor de los que hoy dispone la medicina desarrollada, aunque eso supusiera acortar la vida en días o meses? Todos éstos son deseos muy respetables. La Iglesia no tiene nada en contra de ello. Al contrario, piensa que dejar morir en paz y querer morir en paz es lo verdaderamente moral. Hay un Testamento vital, elaborado por la Conferencia Episcopal, en el que cada uno puede firmar que éste es su deseo, para facilitar a los médicos y familiares las decisiones que correspondiera tomar.
Pero, hablando con propiedad, todo eso no tiene nada que ver con la eutanasia. Porque una cosa es morir o ayudar a morir con dignidad, y otra muy distinta es matarse o quitar la vida a otra persona. Esto sí que es siempre inmoral. Aquí está de verdad el quid de la cuestión, por más que los abanderados del llamado derecho a morir dignamente traten de confundirnos incluso con las palabras que emplean. Morir dignamente, sí. En cambio, quitarse la vida dignamente, no, porque sería sencillamente imposible. Quienes defienden como un supuesto "derecho humano de la libertad que cada cual pueda decidir cuándo quiere y cuándo no quiere seguir viviendo", se empeñan en hacernos creer que esto se puede hacer con dignidad. Pero si decidir no querer seguir viviendo significa, según parece, quitarse la vida o pedir a otro que te la quite, eso no puede ser nunca digno. Es una violación clara del Decálogo: "No matarás".
El quinto mandamiento expresa de forma normativa que la vida humana es un bien innegociable, incondicional. La vida humana no está a disposición de nadie, ni siquiera de su titular (una formulación horrible que se puede leer en uno de los proyectos de ley despenalizadores de la eutanasia felizmente rechazados por el Congreso). Puede que suene bien decir que la vida o el cuerpo es "la propiedad más legítima y privada que poseo", para deducir de ahí que puedo hacer con ellos lo que me plazca. Pero -según dice la Declaración- "concebir la vida como un objeto de uso y abuso por parte de su propietario es llevar a un extremo casi ridículo el mezquino sentido burgués de la propiedad privada. La vida no está a nuestra disposición como si fuera una finca o una cuenta bancaria. Si asimilamos el vivir a los objetos de propiedad, privamos a la vida humana de ese sentido suyo de incondicionalidad y de misterio que le confiere su dignidad incomparable".
La Declaración explica el carácter incondicional de la vida comparándola con otros bienes también irrenunciables, entre ellos, la libertad: "Si nadie puede privarse de su libertad, enajenándola por medio de un contrato de esclavitud, nadie puede tampoco privarse de la vida, que está menos aún a nuestra disposición que la libertad misma: la vida se nos presenta como algo previo y envolvente, que es más que nosotros mismos". Este significado trascendente de la vida, que la sitúa más allá de nuestro propio yo, es ignorado y contradicho por la eutanasia. Por eso es inmoral.
Pero, además, la eutanasia es antisocial por sus nocivas consecuencias para la vida en común: presión moral institucionalizada sobre los ancianos y enfermos, nuevas posibilidades para muertes impuestas, desconfianza en las familias e instituciones sanitarias.
¿Qué pensará nuestro abuelo achacoso cuando al abuelo del piso de arriba se le haya aplicado la eutanasia voluntaria liberando así a su familia de una pesada carga?, ¿no se sentirá también él moralmente presionado a seguir ese ejemplo, para no ser menos altruista y generoso con nosotros quitándose también de en medio? Esta posibilidad no debe permitirla una sociedad verdaderamente civilizada. La legitimación de la eutanasia arrastraría consigo estos dilemas para los más débiles.
Mantener clara la frontera entre el morir y el matar es la mejor manera de defender la dignidad de los más necesitados de ayuda y de cuidado. Por eso, nadie puede decir que la eutanasia voluntaria es un asunto privado suyo. Quitar la vida nunca es algo meramente privado. Es un hecho criminal que introduce en la sociedad una dinámica de desprecio de la dignidad inviolable de toda vida humana. Legitimar la eutanasia es abrir el camino a la más cruel discriminación social: que las vidas de las personas tengan distinto valor, por no decir precio, según su diversa calidad.Se subraya mucho que la única eutanasia que se pide es la voluntaria. Estaría bueno que se pidiera ya de entrada otra cosa. Pero ya se sabe lo que pasa cuando se transgrede un límite que no debe ser transgredido: la transgresión tiende a ser cada vez mayor. Supongamos que el abuelo del piso de arriba fue realmente voluntario. ¿Y el nuestro?, ¿qué tipo de voluntariedad será la suya?; ¿y cuál es la voluntariedad de los miles de personas que, según las estadísticas, mueren cada año en Holanda, de muerte inducida por acción u omisión clínica sin saber lo que está pasando? La inmoralidad de la eutanasia, por más voluntaria que sea, traerá consigo nueva inmoralidades e injusticias. Por todo ello, la eutanasia es también antisocial.
Compasión no es lo mismo que solución final. Compadecerse de los que sufren es, más bien, sufrir con ellos. La verdadera compasión no se sobrepone a la vida, sino que pone la propia vida por la vida de los hermanos. Los cristianos sabemos bien que es así como ganamos la vida: entregándola. La libertad que mata no es ni libertad ni compasión. La libertad que ama, la caridad, es la urdimbre profunda de la humanidad del ser humano y el alma de la justicia social.
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y Reflexiones |
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